Cinco nuevos exoplanetas rocosos descubiertos por la sonda Kepler. Los mini-Neptunos dominan la galaxia

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Los datos pendientes de revisar que dejó la sonda Kepler antes de parar sus actividades van dando grandes resultados.

Cinco nuevos planetas rocosos están entre la nueva remesa de exoplanetas descubiertos. El tamaño de estos nuevos cuerpos oscila entre un 10% y un 80% más que nuestro planeta.

Entre los cinco exoplanetas destacan Kepler-99b y Kepler-406b, los dos son solo un 40% más grandes que la Tierra y una densidad similar a la del plomo. Aún siendo rocosos y de tamaño no muy alejado de nuestro mundo, la vida lo tiene muy difícil para surgir en su superficie.

Su órbita cada 5 días y su mínima distancia a su sol los convierten en planetas extremadamente calurosos para albergar vida tal como la conocemos.

Los hallazgos han sido presentados por Geoff Marcy, uno de los más célebres pioneros en la búsqueda exoplanetaria. Se han liberado los datos de hasta un total de 16 nuevos exoplanetas con sus masas y densidades.

A medida que vamos teniendo más datos de la sonda las conclusiones que se obtienen son cada vez más sorprendentes.

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Más del 75% de los planetas candidatos tienen tamaños comprendidos entre los de la Tierra y los de Neptuno, que es aproximádamente cuatro veces superior al terrestre. Estos exoplanetas, conocidos como mini-Neptunos,dominan el censo galáctico encontrado por Kepler aun no estando representados en nuestro propio Sistema Solar. Los astrónomos no saben como se forman o si están hechos de roca, agua o gas. Tampoco está claro porqué el tipo de planeta más frecuente en nuestra galaxia no está presente en nuestro sistema.

Las mediciones realizadas por el Keck Observatory en Hawaii han permitido determinar las masas de estos 16 objetos. Una vez tenemos el diámetro (dado por Kepler) y la masa, se puede obtener la densidad del planeta, que da una pista sobre si el planeta es gaseoso, rocoso o una mezcla de ambos.

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Las densidades encontradas sugieren que los mini-Neptunos tienen un núcleo rocoso, pero las proporciones de hidrógeno y helio de la envoltura que rodea ese núcleo varían dramáticamente, con algunos que no tienen envoltura en absoluto.

Uno de los objetivos del malogrado telescopio espacial Kepler era encontrar planetas del tamaño terrestre orbitando dentro de la zona de habitabilidad de sus estrellas, es decir, buscar planetas capaces de albergar vida basándonos en el único ejemplo que poseemos.

A raiz de los datos que van apareciendo quizás debiéramos considerar estos mini-Neptunos como módelo de cuerpo rocoso más frecuente, centrándonos en estudiar las posibilidades de que sean habitables.

Puede que lo importante ya no resida en establecer la fracción de estrellas con planetas de tamaño similar al terrestre en una órbita que permita la vida, la clave puede estar en identificar la fracción de estrellas con planetas rocosos potencialmente habitables.

Una vez más el modelo a seguir no lo marcamos nosotros.

Fuentes:

http://www.space.com/24180-rocky-planets-mini-neptunes-aas223.html?utm_medium=referral&utm_source=t.co

http://www.jpl.nasa.gov/m/news/news.php?release=2014-004&utm_medium=referral&utm_source=t.co#.UswlqXm9LCT

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El periodo Goldilocks o cómo el universo pudo albergar vida con solo 15 millones de años de existencia

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La zona de habitabilidad de una estrella se le conoce con el nombre de zona Goldilocks o zona “ricitos de oro”. La astrobiología busca estas regiones desde sus orígenes.

Están situadas a una distancia de su estrella madre capaz de mantener el agua en estado líquido en la superficie de un planeta, ni demasiado frío ni demasiado calor.

Es lógico que busquemos vida en lugares similares donde se ha originado nuestra propia existencia. Nuestro planeta orbita a una distancia idónea para que el agua fluya en estado líquido por su corteza rocosa, algo fundamental para el desarrollo de la vida tal como la entendemos.

Pero si algo hemos aprendido de el Cosmos es que le gusta darnos lecciones de humildad a medida que vamos conociéndolo mejor. Disfruta destrozando cada una de las teorías antropocentristas que le intentamos imponer.

En estos últimos años hemos sabido de otros lugares y otros mecanismos que pueden mantener lunas y planetas lo suficientemente templados como para albergar agua líquida sin estar situados en estas zonas habitables.

Un ejemplo claro lo tenemos en nuestro Júpiter y las fuerzas gravitacionales que ejerce sobre su luna Europa, que pueden haber favorecido la existencia de un océano subterráneo líquido.

Un nuevo estudio de Abraham Loeb de la Universidad de Cambridge habla sobre otro mecanismo que crea estas “zonas de Goldilocks” pero en este caso no hablamos de un espacio concreto sino de una edad concreta del Universo.

El universo entero podría haber sido habitable unos pocos millones de años tras el Big Bang, esto significaría vida unos 10.000 millones de años antes de que apareciera en la Tierra.

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La clave del razonamiento de Loeb estaría en la radiación de fondo de microondas, la huella que dejó el Big Bang en todo el Cosmos. Esta radiación empezó siendo muy energética pero a medida que el Universo se expandía la amplitud de onda se fue incrementando, disminuyendo su temperatura hasta los actuales -270 grados centígrados.

Los cálculos de Loeb indican que la radiación de fondo tuvo una temperatura entre 0 y 30 grados Celsius aproximadamente unos 15 millones de años después del Big Bang, y así se mantuvo durante unos cuantos millones de años. El universo habría sido lo suficientemente templado para mantener agua líquida en un planeta sin importar la distancia a la que estuviera de su estrella.

Pero estamos hablando de solo 15 millones de años, hablamos de un Universo repleto de hidrógeno y de helio y donde quizás no habría dado tiempo a formar sustancias pesadas, los materiales que forman los planetas rocosos y, más importante aún, los que usa la vida.

La clave estaría en si a las primeras generaciones de estrellas les dió tiempo de producir elementos pesados. Estos astros eran cientos de veces más masivos que el Sol y su vida media no era superior a los 3 millones de años. Loeb cree que hubo tiempo suficiente para formar la química esencial de la vida.

Otras cuestiones son más dificiles de responder, la vida tal como la conocemos hubiera tenido muchas dificultades para aparecer en las condiciones dadas por un universo tan joven, y de haberlo hecho apenas habría tenido unos pocos millones de años para evolucionar antes de que la temperatura de la radiación de fondo disminuyera.

Pero también podríamos dejar de pensar, por un momento, en la versión antropocéntrica de la vida…

Fuente: http://arxiv.org/abs/1312.0613